A puerta cerrada, como muchas veces se hacen los entrenamientos de los equipos, Reinaldo Rueda Rivera elaboraba su duelo en octubre de 2006, casi un año después de la eliminación de la Selección de Colombia del Mundial de Alemania.
Con muchos pensamientos en la cabeza, y con una licencia no remunerada de tres meses con la cual se disimuló su adiós al puesto de seleccionador nacional, el técnico vallecaucano, entonces de 49 años, pensaba cómo iba a ser su futuro.
En la misma situación estaba el resto del cuerpo técnico que lo acompañó durante 31 meses al mando de la Selección: cortinas cerradas, pocas voces de apoyo, hasta que una llamada desde Tegucigalpa cambió sus planes.
A Rueda le ponían al frente un duro reto: hacer que Honduras, un equipo que solamente había clasificado una vez al Mundial de fútbol, el de España, en 1982, llegara a Suráfrica-2010.







